jueves, 3 de diciembre de 2009

Gutiérrez sin título

Por José Manuel Beltrán


Andrés se encontraba tranquilamente leyendo el periódico cuando el sonido del teléfono vino a distorsionar su atención sobre el artículo insertado en la página nueve. Lo hacía en una postura de sosiego, acomodado siempre en el mismo lugar del sofá y, por supuesto, acompañado de una lata de cerveza. Había llegado a casa, después de una dura jornada de trabajo, y tras desvestirse y vestirse de nuevo con ropa más cómoda se sentía preparado para buscar el solaz descanso.


No le dio tiempo a coger el teléfono, tampoco es que le apeteciese mucho, pues su mujer se adelantó. La comodidad de contar con un aparato inalámbrico tenía la desventaja de no saber con quién hablaba su mujer y, por supuesto, del tema que estaban tratando ya que ella, al ver el número indicado en el visor, desapareció del salón. La verdad es que Andrés tampoco se inmutó.


Tiempo harto suficiente después, María entró en el salón para, dirigiéndose a Andrés, decirle:

- Cariño, mamá no se encuentra bien así que, si no te parece mal, este puente voy a visitarla. No te preocupes, me llevo a Ricardo – a la sazón hijo de ambos- y como hoy he comprado tienes suficientes ingredientes en la nevera. Eso sí, por favor, no me dio tiempo a poner la colada. Hazlo tú, por favor.

- En serio no quieres que te acompañe, le respondió Andrés, sin desviar la vista del periódico.

- No, no es necesario. Cogemos el tren y así tú descansas.


No se habló más. A la mañana siguiente Andrés les acercó a la estación y esperó, como mucha gente hace, a que la silueta de su esposa e hijo desapareciese de los ventanales del vagón que ocupaban. Compró la prensa y regresó a casa.


El periódico era más abultado de lo normal pues, además, se incluía en él la clásica revista de fin de semana. Se lo pensó dos veces pero al final tomó una nueva cerveza, aún cuando la hora no era del todo la más apropiada, y comenzó la lectura del mismo esta vez sabedor que se encontraba solo.


¡Joder, son ya las tres!, exclamó Andrés sobresaltándose. Abrió la nevera y confirmó sus temores. El paquete de espinacas seguía allí, arrinconado en el congelador, pues había olvidado sacarlo para acompañamiento del filete. Leyó las instrucciones del mismo sin que pudiese entender mucho de lo que, en español, allí decía. Lo más entendible era: “Hacer al vapor en 5 minutos”. Al vapor, al vapor, se repetía Andrés. Esto debe ser lo del “baño maría”. Bueno si son cinco minutos, mientras preparo el filete. La conversación consigo mismo que ya iba manteniendo se iba a ampliar en un momento. Asió la sartén, la primera que encontró, y roció un chorro de aceite. Se quedó en la duda de si había echado mucho o poco pero tampoco le dio mucha importancia. Ahora bien, cuando en la placa de la cocina encontró cuatro redondeles pintados, se preguntó: ¿En cuál pongo la sartén?. Echó un vistazo a los mandos. Los puso en marcha, uno a uno, para interesarse por si se encendía el mismo sobre el que descansaba la sartén. Al final lo logró y, directamente, echó el filete. Tuvo que retirar rápidamente la mano pues el salpicado del aceite hizo mella en su piel.


El contenido del paquete de espinacas, al estilo “baño maría” de Andrés seguía en el mismo estado original, es decir helado. Andrés decidió dejarlas a un lado y suponer que para la noche ya se habrían deshelado. Echó un vistazo al filete y, sorprendido, observó como la sartén se había deformado drásticamente sin saber por qué. La retiró, junto con el filete, y se acordó que en la última Feria de Muestras, María le dijo algo de comprar unas sartenes de inducción. La verdad es que ya era tarde. El postre no tuvo mayor dificultad. Cogió el primer flan envasado y lo disfrutó como un niño a la vez que mordisqueaba un trozo de la barra de pan que también continuaba congelado pues lo había sacado del mismo compartimento que las espinacas.


No quiso enfadarse consigo mismo así que colocó, casi hasta rebosar, el café en la cafetera depositándola sobre el fuego. Encendió un cigarro y esperó tranquilamente a disfrutar del olor que anunciaba que el café estaba listo. No fue así, sino todo lo contrario. El olor era de algo que se quemaba. ¡Dios, no he puesto el agua!.


Tras la siesta y antes de salir a dar un paseo se acordó de la solicitud de María. ¡La colada!. Separó la ropa por colores, se fijó en las etiquetas de las mismas, todas ellas con muchos signos pero solo reconociendo uno en el que se dibujaba una plancha cruzada con un aspa. Intentó hacer montones en el que las etiquetas se asemejasen lo máximo posible e introdujo uno de ellos en la lavadora. Cerró la puerta y su vista se centró en el frontal del aparato. Tres botones iguales, otro botón mayor que los otros, todos ellos con unos signos en su parte superior que nada le decían. Al lado, dos ruedecitas. Sobre una de ellas aparecían unos números que creía entender serían las temperaturas. Sobre la otra tal cantidad de letras que casi se podía completar el abecedario. ¿Y esto cómo funciona?, se preguntó. Pulsó los botones sin orden o criterio alguno así como una de las ruedecitas. ¡Coño, sale agua, esto va bien!. Sin embargo la ropa no se movía. Un nuevo sobresalto le vino a la cabeza. ¡El detergente, no he echado el detergente!. Abrió la puerta de la lavadora y es así como buena parte del agua rebosó hasta mojar sus pies y, por supuesto, todo el suelo. Se armó de paciencia y lo recogió todo, eso sí, desistiendo de volver a empezar.


Al volver al salón observó como en una esquina María había dejado, sobre la tabla de la plancha, la ropa recogida del tendal. Tomó la plancha con su mano, miró los signos del único botón que ésta contenía y, tras proferir otro improperio, desistió de ella dejándola en el mismo sitio.


El malestar de la madre de María, por suerte, no revestía de especial gravedad. Eran las siete de la tarde del domingo y el partido televisado estaba a punto de empezar pero Andrés, a esa hora, se encontraba en la estación para recoger a María y Ricardo a su regreso a casa. Ya en el coche, a María le extrañó mucho la pregunta que le hizo Andrés a su hijo.

- Ricardo hijo, aparte de Matemáticas y todo eso, ¿Qué otras cosas os enseñan en el colegio?.

- No te entiendo papá, ¿a qué te refieres?

- Pues no sé hijo. Si existen otras materias que sean más provechosas, que no digo yo que esas no lo sean. Por ejemplo, de la naturaleza, de la vida…..

- Andrés, ¿te pasa algo?, yo tampoco entiendo tu pregunta que ya, por interesarte en las materias de tu hijo, es novedoso.

- Pues hijo, intervino de nuevo Andrés, que si por ejemplo te enseñan a cocinar, a poner una lavadora, a planchar. No sé, cosas útiles.

- Pues no papá eso no me lo enseñan en el colegio, pero yo si sé hacerlo porque mamá me está enseñando y a mí me gusta aprenderlo.

- Gracias, hijo. Ya estoy seguro que, de mayor, serás un hombre de provecho. Cuando quieras yo también te enseño cómo funciona el mando de la tele.



21 comentarios:

  1. Enhorabuena por tu relato...Me ha encantado.

    Muchos besitos Ciudadano.

    ResponderEliminar
  2. Entretenidisimo cómo lo has contado...Me gusta. Besos

    ResponderEliminar
  3. Hola, Jose Manuel, a mí también me ha encantado el relato, pero hay una cosa que me "chirría" un poco en mi cabeza.
    En un momento del relato utilizas la expresión " a la sazón, hijo de ambos".
    Que yo sepa, " a la sazón" es una locución adverbial que significa "por aquel tiempo u ocasión", y creo que la condición de ser padre o hijo no se pierde, incluso si uno de los miembros se pelea para siempre con el otro.
    Espero que no te moleste mi comentario.
    Te mando un abrazo enorme.
    Rampy

    ResponderEliminar
  4. Perdón, quería decir José Manuel.

    ResponderEliminar
  5. Llevas razón, se aprenden muchas cosas inútiles en la escuela, luego no sabemos ni arreglar un simple enchufe.

    Así contado, le has dado un tono cómico, pero sabes esas tareas caseras, poco reconocidas, son tán monótonas, que no me extraña que huyamos de ellas. El problema radica en que hay que hacerlas para sobrevivir.

    Como siempre has hecho un relato estupendo de humor aunque esta vez con un ligero toque crítico.

    Besitos mi ciudadano preferido

    ResponderEliminar
  6. En cada sitio se aprenden cosas útiles, pero si dejamos que todo esto lo aprendan allí, ¿que nos queda a nosotros?

    Un besito ;)

    ResponderEliminar
  7. El relato es veridico? Por que es la historia de cualquier españolito que ni puta idea tenga de los quehaceres del hogar...y es que hay hombres que sinuna mujer al lado no son anda...nosotros por suerte si y con nuestras mujeres somos mucho más...un abrazo amigo mio...

    ResponderEliminar
  8. Me gusto leer tu relato , el hombre un inútil sin idea de cocinar, como muchos de tantos que la cocina les pincha... y no saben ni freír un huevo jajaja. Otros hombres son verdaderos cocineros .menos mal que hoy en los colegios se educan en igualdad niños y niñas .

    Un abrazo de MA .

    ResponderEliminar
  9. Ana, Winnie y Menda:
    Muchas gracias por vuestra respuesta. Un besazo, para cada una.

    Rampy:
    En el fondo llevas razón en tu apostilla pues, en el sentido tradicional de la pareja, no estaría correctamente utilizado ese "a la sazón". Pero dices: ..que la condición de padre o madre no se pierde... Pues sí, si tu único hijo fallece ya no eres (presente) padre sino que lo eras. Pero si el hijo es (p.ej)adoptado entonces, en ese momento es "a la sazón". Pero bueno, no es cuestión de complicarlo y asumo la regañina (que me vale para poner más atención) de buena gana y, por supuesto, sin molestia ninguna. Eso me demuestra que me lees con mucha atención.
    Un enorme abrazo, ciudadano.

    Nuria González:
    Cierto es que he querido darle ese tono. Cómico pero tristemente real en muchas ocasiones. Ahora bien, después de leer vuestros comentarios, he repasado (jajaja) muchas etiquetas de la ropa. Demasiados signos que no estoy yo tan seguro que todo el mundo conoce.
    Un besito, amor.

    Anabel Botella:
    Jajaja... pues aprender más y más... que eso siempre es bueno.
    Un besito, ciudadana escritora.

    Alijodos:
    Ya sabía yo que me saldrías con esa joio.. jajaja ¿Que si es verídico?..Pregúntale a Andrés... ¿o querrías decir que si es mi caso? jajaja.. Ahí te quedas con las ganas jaja
    Pues sinceramente si creo que hay muchos hombres que se llaman Andrés.

    MA:
    Inútil, inútil nooo que sabe encender la tele. Un poco patoso, sí. No seamos tan duros jajaja.
    Es muy importante que a nuestros jóvenes (sin distinción de sexo) les enseñemos todas estas cosas sin minusvalorar ni nada ni a nadie.
    Un besazo, ciudadana.

    ResponderEliminar
  10. ay..ay..ay.. ¡¡qué me da!!!!!.. GENIAL! y como la vida misma, la verdad. Hombre.. poco a poco ya va desapareciendo ese "desastre de hombre", pero es que lo has "clavao". Mi abuelo cuando se quedó viudo no sabia ni calentarse un café en el micro, y a mi padre le dejas solo un par de días... y vamos... la lavadora es "esa gran desconocida"...
    Me ha encantado tu relato, y me he reido un rato imaginándome al marido, aunque el panorama de casa que se va a encontrar su mujer a la vuelta...¡TELA!!!

    Besotes!!

    ResponderEliminar
  11. Muy bueno...pero no creo que sea tu caso, seguro que eres "mu"apañao....

    ResponderEliminar
  12. me gustó mucho la forma que llevaste el relato para terminar definitivamente a pensar que los hombres sin las mujeres no saben hacer nada!!!!
    jajajajjaja

    besossssssssssss

    ResponderEliminar
  13. Un relato muy bueno para ver al povre hombre que llamamos rodriguez que no tiene ni idea de hacer nada..por suerte nustros hijos saben guisar saben lavar..los mios van sin plachar..uyyy me da una rabia yo toda mi vida desde que eran muy chicos sus ropas estaban muy cuidadas y planchadas ahora cuando los veo arrugados me dan mucha rabia.
    Cada dia escribes mejor unas historias que llegan porque son reales como la vida misma.

    Un abrazo ciudadano!!

    ResponderEliminar
  14. Ufff perdon es puesto pobre con un v es un error se me ha ido el dedo jejeje.

    Otro abrazo!!

    ResponderEliminar
  15. Hola, ciudadano, me he alegrado mucho que me hayas visitado.
    Has hecho un entrada genial, real como la vida misma, pocos hombres saben manejar los aparatos electrodomésticos de hoy en día, y muy pocos ayudan a sus parejas aunque trabajen fuera, espero que tú no lo hagas, y sepas manejar los aparatos de la casa, incluidos todos.
    Respecto a tu comentario, efectivamente la orquidea es una flor poco duradera, pero ésta está en mi corazón, fue un regalo de los tiempos de mi adolescencia.
    Yo sigo regando las flores de mi vida, mi pareja, mis hijos, mis nietos, los riego con mi cariño, y con mi ayuda, y ellos me corresponden de maravilla, somos una familia muy unida.
    Un beso muy grande, ciudadano, espero que nos veamos pronto.

    ResponderEliminar
  16. Simple pero contundente. Me gustó mucho. Ahora ese hombre era un depredador, jajajaja!! Y la mujer una santa!!


    Gracias por visitarme, querido amigo!

    BESOTES CUIDADANOS.

    ResponderEliminar
  17. Bueno los popularmente conocidos como Rodriguez, mas que nada es por comodidad, lo que ocurre es que cuando uno se vuelve comodo, se va limitando mas, se vuelve mas fragil ante las adversidades de la vida. A todos nos gusta la comodidad, pero no es nada bueno abusar de ella, educa en la responsabilidad. y todo nos ira mejor.
    Muy buena entrada amigo, un beso

    ResponderEliminar
  18. Hay tantas cosas que aprender en la vida...
    jajajajaaj


    Besos, José Manuel.
    El relato me ha encantado.
    Bueno, como siempre, que esto no es novedad.

    ResponderEliminar
  19. A este Gutiérrez no le pueden dejar de Rodríguez porque su mamaíta no hizo los deberes de enseñarle a vivir.
    En Suecia y en Finlandia llevan muchas décadas enseñando labores del hogar. Por algo son los que mejor educación tienen y más pronto se van de casa.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  20. Pues a mi este Señor me ha recordado a mi padre y a personas de cierta edad. Por suerte, mucchos de los hombres que estan a mi alrededor saben hacer todo eso. Creo que es cuestión de educación. Mi madre siempre se empeñó en que todos supisemos hacer todo independientemente de que tuviesemos ayuda en casa. No hemos dejado de agradecerselo aunque yo jamas aprendí a cocinar y sigo igual jajajaja. Muy bien, como siempre.

    ResponderEliminar

Si has llegado hasta aquí, a mí me gustaría conocer tu opinión. Gracias, por realizarla.