
Durante el resto del verano la joven pareja, amén de las obligaciones laborales de Rafael, disfrutó de un sinfín de horas para compartir ilusiones de futuro. El apasionamiento de Esther era tal que su familia se encontraba realmente preocupada por su falta de apetito, y no les faltaba razón, pues Esther había adelgazado bastante. Su madre, aún comprensiva con los sentimientos de su hija, le recriminaba tal actitud.
--¡Hija, es evidente que estás enamorada, pero ¿ no te parece que así no vas bien? –
-- Mamá, no estoy enamorada. Estoy loca de amor por él. Rafael es todo para mí, y yo pienso ser todo para él, pues no puede haber otro hombre en mi vida que me haga tan feliz--, le respondía Esther irradiándola con una apasionada mirada.
Rafael llevaba ya tiempo pensando cuando sería el mejor momento en comunicar la noticia. No quería dañar a Esther, pero creía que su futuro se desarrollaría mejor sin esa hipoteca. En uno de esos días, sucesivamente demorados, en los que debían de efectuar su inscripción en la Universidad para el próximo curso, Rafael la invitó a pasar el fin de semana en un apartamento prestado por un amigo. El lunes, desde allí mismo, saldrían a efectuar su inscripción. El apartamento disponía de un buen equipo de música y Rafael ya había previsto la compra de velas, cava, fresas y dulces así como de unas exquisitas ostras. Una vez en el apartamento, de una bolsa diferente, Rafael extrajo un paquete y llevando en brazos a Esther la depositó delicadamente sobre la cama. Del paquete extrajo un completo juego de cama de seda sobre el que, totalmente desnudos, pasaron a disfrutar de su cuerpo con tal apasionamiento que necesario era mitigar el calor, con mayor frecuencia, bajo la ducha. Ni este pequeño habitáculo se salvó de escenas que, a buen seguro, cualquier director cinematográfico –por supuesto extranjero- le hubiera gustado plasmar. Esther se sentía totalmente colmada de felicidad, en todos sus extremos.
Por supuesto no repararon en ese maldito aparato llamado despertador. Por la ventana de la habitación entraban unos rayos de sol, que ya a primera hora del lunes, denotaban que el día sería de un calor intenso. Esther, todavía en la cama, desplegó uno de sus brazos buscando el contacto con el cuerpo del hombre que le había hecho disfrutar con tamaña intensidad. Pero sólo encontró el contacto con la almohada colocada en sentido vertical a la pared. Sorprendida e intrigada cogió un sobre, cuidadosamente pinchado con un alfiler sobre la almohada, y comenzó con la lectura de la nota inserta. Sus maravillosos y enormes ojos se humedecían a más con cada una de las líneas.
La nota terminaba con un triste “… lo siento, te quiero mucho pero no he tenido valor para decírtelo en persona. Espero que dentro de poco puedas estar orgulloso de mí. Siempre te querré. “ Y, como firma, tan sólo “Tu Rafa”.
* * * * *
La noche estaba siendo gélida. Nunca había podido imaginar, y así lo había leído y estudiado, el por qué en el desierto se daba tanta diferencia de temperatura entre la mañana y el anochecer. Les habían encomendando una tarea de vigilancia en la que ya antes muchos compañeros habían perdido la vida. Los malditos “cara de chocolate”, como ellos de forma harto despectiva les denominaban eran sigilosos y diestros en el uso del cuchillo. El cabo primero Luque, se encontraba a cargo de un grupo de cinco soldados. El teniente, con una excusa tan falaz como miedosa, les había dejado en solitario. Sabía que nadie se atrevería a denunciarle.
--¡Luque, me ha parecido escuchar algo allí adelante, por la derecha!— casi gritó uno de los soldados.
-- Creo que llevas razón, a mí también me ha parecido ver un resplandor. Quizás de un cuchillo--, respondió el cabo primero. ¡Todos quietos, aquí!. Voy a echar un vistazo.
Cuando sólo se había alejado una decena de metros pudo escuchar como de su trinchera salían unos gritos
--Cabrón, hijo de puta! Le ha matado, está sangrando como un guarro--, a la vez que se escucharon tres disparos.
A pesar del riesgo y de las directrices básicas de supervivencia, se puso en pie para llegar corriendo hacia el jeep que se encontraba en retaguardia. Encendió el motor y, con las luces encendidas, avanzó hacia sus compañeros. Quería desenmascarar la posición exacta del enemigo. Gracias a la luz artificial del vehículo pudo divisar a los “cara de chocolate”. Eran tres, cogió su cetme y bajando del vehículo disparó sobre ellos abatiéndoles. De repente vio como el vehículo, que había quedado en la cresta de la duna, descendía girando sobre si mismo. No lo pudo evitar quedando más de medio cuerpo atrapado por debajo de su chasis. El dolor era tremendo. Y hasta que llegó la patrulla de rescate, alertada por los disparos, sólo sabía decir: “ Hermano, ya estás vengado. A ti te mataron en esta arena y ahora ya no sólo tiene tu sangre”.
* * * * *
La familia de Esther, y en particular su padre, tomaron una decisión tan drástica como la iniciada por ella misma. La suponían una persona adulta y formada y, queriendo comprenderla, no podían admitir que en un futuro volviera a repetirse la misma situación. Lo mejor para la salud de Esther era un cambio radical de aires. La vieja casa de pueblo de los abuelos era el lugar apropiado. Allí, todos esperaban encontrar de nuevo la calma y el sosiego para hacerla ver que su proceder no había sido el adecuado.
Por suerte y, ¡bendita suerte!, el amigo de Rafael abrió la puerta de su apartamento para cambiarse e ir a trabajar. No lo pudo llevar a cabo pues, se encontró con una escena, que le llenó de zozobra y angustia. Las sábanas se encontraban completamente manchadas de sangre y sobre ellas, todo un cuerpo bello y desnudo presentaba dos enormes cortes sobre ambas muñecas. Por una de ellas todavía manaba fluido. Desenfundó los cubre-almohadas para hacer un torniquete sobre cada una de las muñecas de Esther. Evitó el ascensor y corriendo como pudo, con el cuerpo de Esther en sus brazos, salió a la calle pidiendo ayuda y un taxi. La gente, al principio, quedó extrañada al ver a una mujer desnuda en sus brazos. Pegó un fuerte grito y, de inmediato, salió un joven aprendiz de la peluquería. Julián, le gritó: “ ¡Rápido, coge las llaves de mi coche. Rápido, rápido! “.
Por fortuna el hospital no estaba más allá de diez minutos. Esther había perdido mucha sangre pero los médicos pudieron estabilizarla y, ya en planta, el psicólogo se enfrentó a un arduo trabajo. Esther solo sabía repetir: “Yo sin él no quiero vivir”.
* * * * *
Las colas, incluso antes de la hora oficial de apertura de los colegios electorales, eran enormes. Después de tantos años, serían muchos los que, por primera vez, ejercerían su voto en plena libertad. Sabían, de alguna forma, que estaban contribuyendo a la historia reciente del país. Los numerosos corresponsales extranjeros se sorprendían de esa respuesta. Para ellos era algo normal en sus países pues, al fin y al cabo, ya estaban acostumbrados y no les resultaba de novedad el hecho.
El padre de Esther había participado en la campaña de forma activa. Habían pasado ya años desde el incidente de su hija y, aún cuando todavía vivían en el pueblo, no habían notificado ese cambio al padrón por lo que toda la familia debía depositar el voto en Madrid. Cuando les faltaba poco para su turno, ya dentro del propia aula dónde podían admirar la “belleza política” de una simple urna, se armó un enorme revuelo. Estaba próxima la entrada de Adolfo Suárez y, los agentes de seguridad, se habían anticipado para efectuar la última revisión a la sala. En el mismo momento en que Esther iba a depositar el sobre que contenía su voto, guardado celosamente en un libro del que no se separaba nunca, entró Adolfo Suárez. Con un gesto educado y pidiendo perdón por colarse, dadas las razones de seguridad, procedió al acto electoral ante el revuelo de cámaras de televisión y fotógrafos. Esther, aún a poca distancia, no podía ver nada con tanta densidad de gente. Se preocupó porque ella ya había entregado su carnet de identidad a uno de los componentes de la mesa.
Una vez que la marabunta se evaporó al exterior del aula, se escuchó en voz, si cabe más alta de lo normal pues todavía el murmullo de los periodistas lo requería, su nombre y apellidos.
-- Esther Ramírez Entraña, Vota.--, enfatizó el miembro de la mesa.
El Presidente de la mesa, encargado de recoger el sobre que contenía el voto, al escuchar tal nombre desplazó hacia atrás la silla de ruedas en la que, obligatoriamente, se ubicaba y mirando fijamente a Esther quiso ponerse de pie.
Esther, con lágrimas en sus ojos, abrió su libro y entregó dos sobres al Presidente. Uno de ellos cayó en la urna, pues ese era su destino, el otro en las manos temblorosas del Presidente de la mesa una vez abierto decía:
“ Quién está aquí delante de ti es el resultado de tu inversión para el futuro.”
En el interior del sobre que contenía la nota se podían ver dos cosas: Una rosa seca y un billete de veinticinco pesetas.
F I N
--¡Hija, es evidente que estás enamorada, pero ¿ no te parece que así no vas bien? –
-- Mamá, no estoy enamorada. Estoy loca de amor por él. Rafael es todo para mí, y yo pienso ser todo para él, pues no puede haber otro hombre en mi vida que me haga tan feliz--, le respondía Esther irradiándola con una apasionada mirada.
Rafael llevaba ya tiempo pensando cuando sería el mejor momento en comunicar la noticia. No quería dañar a Esther, pero creía que su futuro se desarrollaría mejor sin esa hipoteca. En uno de esos días, sucesivamente demorados, en los que debían de efectuar su inscripción en la Universidad para el próximo curso, Rafael la invitó a pasar el fin de semana en un apartamento prestado por un amigo. El lunes, desde allí mismo, saldrían a efectuar su inscripción. El apartamento disponía de un buen equipo de música y Rafael ya había previsto la compra de velas, cava, fresas y dulces así como de unas exquisitas ostras. Una vez en el apartamento, de una bolsa diferente, Rafael extrajo un paquete y llevando en brazos a Esther la depositó delicadamente sobre la cama. Del paquete extrajo un completo juego de cama de seda sobre el que, totalmente desnudos, pasaron a disfrutar de su cuerpo con tal apasionamiento que necesario era mitigar el calor, con mayor frecuencia, bajo la ducha. Ni este pequeño habitáculo se salvó de escenas que, a buen seguro, cualquier director cinematográfico –por supuesto extranjero- le hubiera gustado plasmar. Esther se sentía totalmente colmada de felicidad, en todos sus extremos.
Por supuesto no repararon en ese maldito aparato llamado despertador. Por la ventana de la habitación entraban unos rayos de sol, que ya a primera hora del lunes, denotaban que el día sería de un calor intenso. Esther, todavía en la cama, desplegó uno de sus brazos buscando el contacto con el cuerpo del hombre que le había hecho disfrutar con tamaña intensidad. Pero sólo encontró el contacto con la almohada colocada en sentido vertical a la pared. Sorprendida e intrigada cogió un sobre, cuidadosamente pinchado con un alfiler sobre la almohada, y comenzó con la lectura de la nota inserta. Sus maravillosos y enormes ojos se humedecían a más con cada una de las líneas.
La nota terminaba con un triste “… lo siento, te quiero mucho pero no he tenido valor para decírtelo en persona. Espero que dentro de poco puedas estar orgulloso de mí. Siempre te querré. “ Y, como firma, tan sólo “Tu Rafa”.
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La noche estaba siendo gélida. Nunca había podido imaginar, y así lo había leído y estudiado, el por qué en el desierto se daba tanta diferencia de temperatura entre la mañana y el anochecer. Les habían encomendando una tarea de vigilancia en la que ya antes muchos compañeros habían perdido la vida. Los malditos “cara de chocolate”, como ellos de forma harto despectiva les denominaban eran sigilosos y diestros en el uso del cuchillo. El cabo primero Luque, se encontraba a cargo de un grupo de cinco soldados. El teniente, con una excusa tan falaz como miedosa, les había dejado en solitario. Sabía que nadie se atrevería a denunciarle.
--¡Luque, me ha parecido escuchar algo allí adelante, por la derecha!— casi gritó uno de los soldados.
-- Creo que llevas razón, a mí también me ha parecido ver un resplandor. Quizás de un cuchillo--, respondió el cabo primero. ¡Todos quietos, aquí!. Voy a echar un vistazo.
Cuando sólo se había alejado una decena de metros pudo escuchar como de su trinchera salían unos gritos
--Cabrón, hijo de puta! Le ha matado, está sangrando como un guarro--, a la vez que se escucharon tres disparos.
A pesar del riesgo y de las directrices básicas de supervivencia, se puso en pie para llegar corriendo hacia el jeep que se encontraba en retaguardia. Encendió el motor y, con las luces encendidas, avanzó hacia sus compañeros. Quería desenmascarar la posición exacta del enemigo. Gracias a la luz artificial del vehículo pudo divisar a los “cara de chocolate”. Eran tres, cogió su cetme y bajando del vehículo disparó sobre ellos abatiéndoles. De repente vio como el vehículo, que había quedado en la cresta de la duna, descendía girando sobre si mismo. No lo pudo evitar quedando más de medio cuerpo atrapado por debajo de su chasis. El dolor era tremendo. Y hasta que llegó la patrulla de rescate, alertada por los disparos, sólo sabía decir: “ Hermano, ya estás vengado. A ti te mataron en esta arena y ahora ya no sólo tiene tu sangre”.
* * * * *
La familia de Esther, y en particular su padre, tomaron una decisión tan drástica como la iniciada por ella misma. La suponían una persona adulta y formada y, queriendo comprenderla, no podían admitir que en un futuro volviera a repetirse la misma situación. Lo mejor para la salud de Esther era un cambio radical de aires. La vieja casa de pueblo de los abuelos era el lugar apropiado. Allí, todos esperaban encontrar de nuevo la calma y el sosiego para hacerla ver que su proceder no había sido el adecuado.
Por suerte y, ¡bendita suerte!, el amigo de Rafael abrió la puerta de su apartamento para cambiarse e ir a trabajar. No lo pudo llevar a cabo pues, se encontró con una escena, que le llenó de zozobra y angustia. Las sábanas se encontraban completamente manchadas de sangre y sobre ellas, todo un cuerpo bello y desnudo presentaba dos enormes cortes sobre ambas muñecas. Por una de ellas todavía manaba fluido. Desenfundó los cubre-almohadas para hacer un torniquete sobre cada una de las muñecas de Esther. Evitó el ascensor y corriendo como pudo, con el cuerpo de Esther en sus brazos, salió a la calle pidiendo ayuda y un taxi. La gente, al principio, quedó extrañada al ver a una mujer desnuda en sus brazos. Pegó un fuerte grito y, de inmediato, salió un joven aprendiz de la peluquería. Julián, le gritó: “ ¡Rápido, coge las llaves de mi coche. Rápido, rápido! “.
Por fortuna el hospital no estaba más allá de diez minutos. Esther había perdido mucha sangre pero los médicos pudieron estabilizarla y, ya en planta, el psicólogo se enfrentó a un arduo trabajo. Esther solo sabía repetir: “Yo sin él no quiero vivir”.
* * * * *
Las colas, incluso antes de la hora oficial de apertura de los colegios electorales, eran enormes. Después de tantos años, serían muchos los que, por primera vez, ejercerían su voto en plena libertad. Sabían, de alguna forma, que estaban contribuyendo a la historia reciente del país. Los numerosos corresponsales extranjeros se sorprendían de esa respuesta. Para ellos era algo normal en sus países pues, al fin y al cabo, ya estaban acostumbrados y no les resultaba de novedad el hecho.
El padre de Esther había participado en la campaña de forma activa. Habían pasado ya años desde el incidente de su hija y, aún cuando todavía vivían en el pueblo, no habían notificado ese cambio al padrón por lo que toda la familia debía depositar el voto en Madrid. Cuando les faltaba poco para su turno, ya dentro del propia aula dónde podían admirar la “belleza política” de una simple urna, se armó un enorme revuelo. Estaba próxima la entrada de Adolfo Suárez y, los agentes de seguridad, se habían anticipado para efectuar la última revisión a la sala. En el mismo momento en que Esther iba a depositar el sobre que contenía su voto, guardado celosamente en un libro del que no se separaba nunca, entró Adolfo Suárez. Con un gesto educado y pidiendo perdón por colarse, dadas las razones de seguridad, procedió al acto electoral ante el revuelo de cámaras de televisión y fotógrafos. Esther, aún a poca distancia, no podía ver nada con tanta densidad de gente. Se preocupó porque ella ya había entregado su carnet de identidad a uno de los componentes de la mesa.
Una vez que la marabunta se evaporó al exterior del aula, se escuchó en voz, si cabe más alta de lo normal pues todavía el murmullo de los periodistas lo requería, su nombre y apellidos.
-- Esther Ramírez Entraña, Vota.--, enfatizó el miembro de la mesa.
El Presidente de la mesa, encargado de recoger el sobre que contenía el voto, al escuchar tal nombre desplazó hacia atrás la silla de ruedas en la que, obligatoriamente, se ubicaba y mirando fijamente a Esther quiso ponerse de pie.
Esther, con lágrimas en sus ojos, abrió su libro y entregó dos sobres al Presidente. Uno de ellos cayó en la urna, pues ese era su destino, el otro en las manos temblorosas del Presidente de la mesa una vez abierto decía:
“ Quién está aquí delante de ti es el resultado de tu inversión para el futuro.”
En el interior del sobre que contenía la nota se podían ver dos cosas: Una rosa seca y un billete de veinticinco pesetas.
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