
¡No me lo puedo creer, esto no me puede estar pasando a mí!. Víctor de Espinosa, se lamentaba cuando llegaba a coger su sitio en lo que ya, a primeras horas de la mañana, era una larga cola de personas. En todos y cada uno de los días de esa semana, la misma exclamación había formado una constante en su nuevo hábito de vida. No era su preocupación principal la de haber tenido que madrugar un poco más de lo normal. Ni siquiera que, por resultar más cómodo, tuviera que haber soportado empujones y olores singulares al tener que utilizar el único medio urbano subterráneo conocido. Su coche, de grandes dimensiones y escrupulosamente encerado, no tenía que ser amenazado por cualquiera que, en ese misma cola, pudiera utilizar cualquier llave para diseñar como si el trazado de una carretera se tratara, un profundo arañazo a la carrocería.
Las previsiones metereológicas se estaban cumpliendo. La mañana era muy fría y de la misma cola, previa la aquiescencia de los más próximos, se retiraban algunos para visitar la cafetería más cercana. Un buen café con leche, sin bollo para evitar dispendio, pero extremadamente caliente aliviaba brevemente la sensación de frío en el cuerpo. Víctor, pidió permiso varias veces pero, al poco rato de volver, sentía de nuevo como de sus finos zapatos se desplazaba hasta sus orejas una corriente que le hacía tiritar.
-“ ¡Pero, chico, veo que no traes unos buenos calcetines y eso, aquí, es esencial!”. Ese fue el comentario que se encontró, a la tercera vez que volvía a la cola, de la persona que le precedía. “¡Hola, soy Andrés”, le espetó para a continuación interesarse por él, tanto por curiosidad como por educación. –“ Veo, que has venido con un buen traje, demasiado fino, quizás. Pero, la verdad, no creo que te sirva de mucho”. Víctor, educadamente le sonrió y sin querer alardear mucho –aunque en otros momentos, siempre lo hacía- le contestó: “Si, es un traje de marca”.
Salvada la primera distancia, Andrés intentó hacerle el rato de espera un poco más agradable. Al fin y al cabo, él ya era un experto y sabía que la conversación con otros era una buena terapia para no aislarse. Repasó, sin necesidad de sacar de la cartera las consabidas fotos, toda la historia familiar haciendo un especial hincapié en la pequeña que tan solo contaba cinco meses de vida. Le contó que, el día de su nacimiento, tuvo dos sensaciones totalmente antagónicas. Por supuesto, aumentar la familia hasta el miembro número cinco le hizo feliz pero saber, en ese mismo día, que tarde o temprano se encontraría con Víctor –y no es que le hubiese caído mal- le causó una honda tristeza y preocupación. Ahora, su coraza era más dura, pues era veterano.
A la hora marcada la cola avanzó de forma muy acelerada. Ya en el interior del local, Víctor pudo colocarse correctamente las solapas de su chaqueta que antes, por mor del frío, había desplegado. En apenas cinco minutos se encontraron, uno detrás de otro, enfrente de la mesa marcada con el número veinticinco. Andrés, como casi todos los días, tardó muy poco en acabar su tarea. Dejó paso a Víctor, haciéndole un gesto que significaba que le esperaría allí mismo para invitarle a un café.
Nada más sentarse Víctor, la señorita que le atendía le preguntó por sus papeles. Víctor se los entregó aún cuando en ellos sólo estaban rellenos los datos del nombre y apellidos. Víctor, se disculpó: “Lo siento, pero es que no entiendo bien los datos que hay que cumplimentar”. La señorita no salía de su asombro pero, gracias a que Andrés había aguardado cerca y escuchó el comentario, su ayuda fue fundamental para que el formulario quedase relleno.
A la salida, ya en la cafetería, Víctor se sinceró con Andrés. -¡Gracias, por tu ayuda. Realmente, a mí, todos los papeles de trabajo me los hacía mi secretaria. Yo no he cumplimentado nunca nada y no sé cómo moverme en esto. Para mí es un mundo nuevo!. Andrés, le quitó importancia al asunto pero –mentira era si no le preguntaba el por qué- y, por supuesto, lo hizo. Después de darle un sorbo a la taza ardiente de café, Andrés preguntó: “¿Oye, Víctor, pero tú de qué trabajabas?”. Víctor, con un aire todavía ufano aunque ya más triste, le contestó: “Pues mira, Andrés, realmente no lo sé. Yo escuchaba que era un “yuppie” y, por eso, entenderás que de esto, del paro, yo sé muy poco”.